Como un disparo

Las bolsas de deportes repletas de billetes pesaban un quintal, pero corríamos desesperados. Sin desfallecer. La pasma nos pisaba los talones. Apenas recuerdo el atraco al banco —según pasan las horas el sueño se diluye, si hubiera comenzado a escribir hace unas horas sería más preciso—, aunque me veo vestido de negro y con pasamontañas. Como el resto de la banda. Éramos cuatro o cinco. Uno había caído al atravesar el cerco. No me digas por qué, frenamos en seco ante un paso de peatones. El semáforo estaba rojo. Un abuelo protegió a su nieto cuando se fijó en mi recortada, pero yo les sonreí. Cuando el semáforo se puso verde reanudamos la carrera. Al otro lado de la calle había una boca de metro, si nos colábamos dentro estábamos salvados. Estábamos a punto de cruzar la carretera, cuando me desperté. El despertador sonó como un disparo.

Florentino Kane, en tintaLibre

¿Qué apellido ponemos plantarle a Florentino si le quitamos el Pérez? Este mes en la revista tintaLibre podéis encontrar mi respuesta. He publicado un artículo sobre el presidente del Real Madrid en el que, más que compararle con Kane, hago un recorrido por su vida. Aquí podéis leer las primeras líneas. “Florentino Pérez ha demostrado […]

¿Quién es Juan Torca?

Juan Torca tiene 51 años. Mide 1,85 m y pesa 85 kg. Viudo. Su único hijo, Rodrigo, es policía. Torca prefiere no recordar las misiones que, hasta 2010, ha realizado para EuCorp. Ha sido militar y mercenario. En 2011, al comienzo de Las Cuatro Torres, vive en un hotel de Gran Vía y mata el tiempo corriendo por el Retiro, leyendo novelas negras y devorando series.

El pelo

No me preocupa —vale, no me preocupa demasiado— perder pelo en la azotea. Tengo entradas, o salidas, desde hace más de veinte años, así que he tenido lustros y más lustros para hacerme a la idea de que el peine sólo me serviría para recordar tiempos mejores.

Pero he perdido un pelo especial. Me preocupa, aunque no demasiado, quizá más bien me desconcierta, haber perdido un pelo especial. Un pelo doble, grueso, blanco y duro, que brotaba con fuerza en medio de mi barbilla. Un cana que, la verdad, me encantaba descubrir.

Iba a su bola. Por mi culpa, claro. Me afeito de ciento en viento, nunca me arreglo la barba, pero en cuanto me topaba con él sólo le dejaba crecer dos o tres días. Como mucho. Al final cogía unas pinzas, pegaba un tirón y lo arrancaba de raíz. Y, algunas veces, luego lo enseñaba. Era un pelo especial, ya digo.

Pero desde hace tres o cuatro semanas ya no me sale. Intuyo, además, que ya no volverá. Y ni siquiera le llegué a hacer una foto en condiciones.

¿Qué hago, a partir de ahora, con este blog?

Un blog es un bloc. Abres el gestor, creas una nueva entrada y te enfrentas a un inmenso y vacío campo de texto. A una página en blanco. Puedes escribir desde un texto útil, entretenido o/y oportuno o, entre otras muchas cosas, una chorrada intrascendente que como mucho interese a una sola persona. A ti.

Vale. ¿Y qué hago yo, ahora, con este blog?

Hasta el post anterior, en este blog hablaba de mi libro. Intentaba no practicar el autobombo, pero eso lo debéis juzgar vosotros.

Pero en el post anterior me salté el guión inicial. Usé el blog para recordar a mi padre. Crucé una frontera.

Ahora puedo desandar el camino. Volver por donde solía y escribir sólo sobre mi actividad libresca. Aunque el cuerpo me pide abrir el blog. Improvisar. Escribir sobre cualquier asunto. Convertir este blog, este bloc, en un diario.

10 cosas de mi padre que nunca olvidaré

1. Le encantaban los animales. Estudió para veterinario, pero no llegó a ejercer esa profesión. Hoy se lo pueden agradecer los muchos alumnos que recuerdan con una sonrisa a don Lauren.

2. En sus primeros años de maestro, iba en bicicleta a los pueblos donde enseñaba. Pedaleó durante miles y miles de kilómetros, aunque cayeran chuzos de punta. A los ochenta años, cuando un ictus le golpeó, ese ciclista esforzado y tenaz empezó una carrera heroica y generosa que se prolongó durante tres años. Tres años de cariño en los que mi madre y mis hermanos le han cuidado como a nadie en el mundo. Tres años de propina, como ayer dijo mi madre.

3. Fumaba Ducados y bebía en porrón. Le añadía guindillas y picante a casi todo lo que comía.

4. Aunque jamás le oí contar bien un chiste, siempre nos reímos con él.

5. Cuando tenía cuarenta y cincuenta años, calvo, con bigote y gafas, parecía el hermano gemelo de José Luis López Vázquez. En un restaurante le confundieron con el actor y se dejó invitar. Dijo que él y sus amigos estaban buscando unos exteriores para una película. Pero donde la armó buena fue en el Museo de Cera. Se quedó quieto, unas señoras se pusieron a contemplarlo y, de repente, la supuesta estatua de cera cobró vida. Esas señoras puede que todavía hoy todavía sigan corriendo despavoridas.

6. Coleccionaba minerales. Y, con un colega y toneladas de ilusión, compró una mina.

7. Yo no me he aburrido nunca, decía. Nosotros, con él, tampoco. Cuando se jubiló le dio por aprender inglés y tocar la guitarra, y continuó cantando el «Pantaleón» y el «afrontibís» en todas las celebraciones.

8. Nunca olvidaré que vive en mí. Conmigo. Que sus recuerdos ya son míos. Que sigue conmigo. Que vive con nosotros.

9. Un día, hace muchos años, le oí decir: Yo soy un hombre. Poco más puedo añadir. Fue un hombre bueno y feliz. Un hijo, un hermano, un padre, un marido, un suegro, un abuelo, un maestro y un amigo bueno y feliz.

10. Fue niño. Un niño bueno y feliz. Le podéis imaginar en la calle de la Puebla con su hermano Juan, el Zurdo, en pantalones cortos y jugando al marro.

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P.D.: Laurentino Pérez Fernández de la Cuesta murió el 23 de octubre en Burgos, de madrugada, acompañado por su mujer y sus cuatro hijos. Este viernes a las 12 del mediodía celebraremos el funeral en el tanatorio de San José, en Burgos.